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¿Es el libro de Enoc Escritura?

El «libro perdido de la Biblia», probado por las Escrituras que Jesús nombró

Se vende como el libro que sacaron de la Biblia. Hay videos que prometen revelar sus secretos, ediciones de bolsillo que lo llaman la Escritura perdida, y muchos creyentes sinceros á quienes se les ha dicho que las iglesias se lo ocultaron. Léalo, dice la historia, y por fin entenderá á los ángeles, á los gigantes, el Diluvio y el fin del mundo.

Este estudio prueba el Libro de Enoc del único modo en que puede probarse cualquier libro: por la palabra de Dios. La medida es sencilla, y la usaremos de principio á fin. Donde el libro contradice la Escritura, es falso. Donde va más allá de la Escritura, es rumor, imposible de probar en el mejor de los casos. De un modo ú otro, no es la palabra inspirada de Dios.

El estudio en breve

  • Nunca estuvo en ninguna Biblia, judía ni cristiana; por tanto, nunca fué «quitado».
  • No lo escribió el Enoc de la Biblia; se compiló de varias obras siglos después del Diluvio.
  • Jesús nombró las Escrituras, y este libro no estaba entre ellas.
  • Judas cita una profecía de Enoc; no avala el libro.
  • Enseña que hubo ángeles que se casaron con mujeres, contra las palabras claras de Cristo.
  • Nombra á Enoc, y no á Jesús, como el exaltado Hijo del hombre.

Por qué importa la pregunta

Lo que recibimos como palabra de Dios decide lo que creemos acerca de Dios. Un libro admitido en ese lugar enseña con la autoridad de Dios, y toda doctrina sacada de él se tiene por Suya. Por eso la Escritura guarda su propio límite con tanto cuidado:

No añadiréis á la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordeno.
— Deuteronomio 4:2
Toda palabra de Dios es limpia: Es escudo á los que en él esperan. No añadas á sus palabras, porque no te reprenda, Y seas hallado mentiroso.
— Proverbios 30:5-6

La pregunta no es si un libro es antiguo, ó interesante, ó citado por alguien á quien respetamos. Muchos libros antiguos son las tres cosas. La pregunta es si Dios lo dió. Y la prueba es la que dió Isaías: «¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme á esto, es porque no les ha amanecido» (Isaías 8:20).

Qué es en realidad el libro

El Libro de Enoc, llamado de ordinario 1 Enoc (para distinguirlo de otros dos libros de Enoc posteriores), no es un libro sino cinco, cosidos entre sí:

SecciónCapítulosLo que contiene
El Libro de los Vigilantes1–36Ángeles que descienden, se casan con mujeres y engendran gigantes
Las Parábolas (Similitudes)37–71Un «Hijo del hombre» celestial que juzga al mundo
El Libro Astronómico72–82Los cursos del sol y de la luna; un año de 364 días
Las Visiones de los Sueños83–90La historia contada de nuevo con animales por símbolos
La Epístola de Enoc91–108Exhortaciones, ayes y el nacimiento de Noé

Estas partes se escribieron en épocas distintas, que se sitúan por lo general entre el siglo tercero antes de Cristo y el primero después. Entre los Rollos del Mar Muerto se hallaron fragmentos arameos de cuatro de ellas. Las Parábolas, la sección más citada acerca del Hijo del hombre, no aparecieron allí en absoluto, y no sobreviven en ninguna copia aramea ni griega. La colección entera existe sólo en ge’ez, la antigua lengua litúrgica de Etiopía.

No lo escribió el Enoc de la Biblia. La Escritura registra que vivió antes del Diluvio (Génesis 5:21-24, donde la RV1909 escribe su nombre «Henoch»), y sin embargo el libro nombra lugares tal como se conocieron mucho después. Sitúa el descenso de Dios sobre el monte Sinaí (1 Enoc 1:4), el monte cuya santidad pertenece á los días de Moisés, y pone el juramento de los ángeles sobre el monte Hermón (6:6). El Diluvio trastornó la faz de toda la tierra; el libro proyecta el mapa posterior sobre el mundo anterior. Sus primeras líneas, además, rehacen la bendición de Moisés (Deuteronomio 33:2) y el oráculo de Balaam (Números 24), escritos ambos mucho después de que Enoc fuese traspuesto. Un libro que toma prestado de Moisés no pudo haberse escrito antes que él.

Las Escrituras que Jesús nombró

El camino más seguro para saber qué pertenece al Antiguo Testamento es preguntar qué llamaba Jesús Escritura. Después de Su resurrección, dijo á Sus discípulos exactamente dónde mirar:

Y él les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliesen todas las cosas que están escritas de mí en la ley de Moisés, y en los profetas, y en los salmos. Entonces les abrió el sentido, para que entendiesen las Escrituras;
— Lucas 24:44-45

La ley, los profetas y los salmos: las tres divisiones de la Biblia hebrea, la última nombrada por su primer y más extenso libro. Jesús discutió con los dirigentes religiosos de Su tiempo casi de todo, pero nunca acerca de cuáles libros eran Escritura. Midió además toda la extensión de esa Biblia en una sola frase, desde el primer homicidio en su primer libro hasta el último en su libro final: «Desde la sangre de Abel, hasta la sangre de Zacarías, que murió entre el altar y el templo» (Lucas 11:51; compárese Génesis 4 y 2 Crónicas 24, el último libro en el orden hebreo). Pablo añade que Dios confió Sus palabras á Israel: «la palabra de Dios les ha sido confiada» (Romanos 3:2).

La historia confirma cuáles eran esos libros. Más de un siglo antes de Cristo, el traductor del libro de Sirac hablaba ya de una colección asentada, «la ley misma, y las profecías, y el resto de los libros» (prólogo de Sirac, trad.), y dejaba fuera de ella la obra de su propio abuelo. Hacia el fin del primer siglo, el historiador judío Josefo escribió que su pueblo tenía «solamente veintidós libros» que eran «con justicia creídos divinos» (Contra Apión 1.8, trad.): los mismos libros de nuestro Antiguo Testamento, contados de otra manera.

«Lo sacaron de la Biblia»

No pudieron, porque nunca estuvo dentro. El Libro de Enoc no está en la Biblia hebrea, ni está en el Antiguo Testamento griego (la Septuaginta) que usaron los primeros cristianos. Ningún canon judío lo incluyó jamás. No se puede quitar un libro de una colección á la que nunca perteneció.

Judas 14-15, de frente

El argumento más fuerte en favor del libro es real, y merece una respuesta franca. Judas escribe:

De los cuales también profetizó Enoc, séptimo desde Adam, diciendo: He aquí, el Señor es venido con sus santos millares, A hacer juicio contra todos, y á convencer á todos los impíos de entre ellos tocante á todas sus obras de impiedad que han hecho impíamente, y á todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él.
— Judas 14-15

Esto se parece mucho al primer capítulo de 1 Enoc:

¡Y he aquí! Él viene con miríadas de Sus santos Para ejecutar juicio sobre todos, Y para destruir á todos los impíos: Y para convencer á toda carne De todas las obras de su impiedad que impíamente han cometido, Y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra Él.
— 1 Enoc 1:9 (trad. de la versión de Charles)

No tiene sentido fingir lo contrario. Pero obsérvese exactamente lo que Judas dice, y lo que no dice. Dice que Enoc profetizó estas palabras. No dice «escrito está», la fórmula con que los apóstoles citan la Escritura, ni recomienda el libro. Escribiendo por inspiración, Judas confirma que esta única profecía es verdadera y que el hombre Enoc la pronunció. Eso es todo lo que sus palabras garantizan. Ya le llegara el dicho á Judas por este libro, ya por la misma tradición de la que el libro bebió, la inspiración descansa en la frase de Judas, no en todo lo demás que más tarde se reunió bajo el nombre de Enoc.

Los apóstoles hicieron esto más de una vez. Pablo citó á un poeta griego ante los filósofos de Atenas: «como también algunos de vuestros poetas dijeron: Porque linaje de éste somos también» (Hechos 17:28). Citó á un escritor cretense en su carta á Tito: «Dijo uno de ellos, propio profeta de ellos: Los Cretenses, siempre mentirosos» (Tito 1:12). Hasta tomó un verso de una comedia griega: «las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres» (1 Corintios 15:33). Nadie concluye de ello que esos libros paganos pertenezcan á la Biblia. Citar una línea verdadera no es canonizar el libro de donde salió.

Donde contradice la Escritura

Si el libro sólo añadiera detalles, podríamos dejarlo á un lado como cosa imposible de probar. Pero en varios puntos centrales dice lo contrario de lo que Dios ha dicho. Dondequiera que eso sucede, es falso, por antiguo y por popular que sea.

Ángeles que se casan

La historia más conocida del libro, la que la mayoría busca en él, es el Libro de los Vigilantes. Doscientos ángeles descienden á la tierra, toman esposas humanas y engendran una raza de gigantes cuya violencia llena el mundo. Esto se presenta como el sentido de Génesis 6. Pero Jesús mismo habló de si los ángeles se casan, y respondió con toda claridad:

Porque en la resurrección, ni los hombres tomarán mujeres, ni las mujeres marido; mas son como los ángeles de Dios en el cielo.
— Mateo 22:30

Marcos registra las mismas palabras: «ni se casarán, ni serán dados en casamiento, mas son como los ángeles que están en los cielos» (12:25); y Lucas añade que los resucitados «son iguales á los ángeles» (20:36). Los ángeles son «espíritus administradores» (Hebreos 1:14), y Jesús mismo dijo que «el espíritu ni tiene carne ni huesos» (Lucas 24:39). Desde la primera página de la Biblia todo ser vivo se produce «según su género» (Génesis 1:24). Un relato de ángeles que se casan con mujeres y engendran una raza mezclada va contra todo ello.

El libro mismo admite el problema con sus propias palabras. Más adelante en el Libro de los Vigilantes, se pone en boca de Dios esto, dicho á los ángeles que pecaron:

Pero vosotros erais antes espirituales, viviendo la vida eterna, é inmortales por todas las generaciones del mundo. Y por eso no os he señalado mujeres; porque los espirituales del cielo, en el cielo es su morada.
— 1 Enoc 15:6-7 (trad. de la versión de Charles)

Así que, según el propio libro, los ángeles nunca fueron hechos para el matrimonio. Y sin embargo toda su historia depende de que los ángeles hagan precisamente aquello para lo cual su naturaleza no tiene provisión. Las palabras de Cristo zanjan la cuestión; las del libro sólo muestran que no puede mantener coherente su propio relato.

Lo que Génesis 6 dice en realidad. Leído en su propio contexto, el capítulo trata de hombres de principio á fin. Comienza «cuando comenzaron los hombres á multiplicarse sobre la faz de la tierra» (6:1). El veredicto de Dios recae sobre el hombre: «No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre» (6:3); «la malicia de los hombres era mucha en la tierra» (6:5); «Raeré los hombres que he criado» (6:7). En ninguna parte juzga Dios á ángeles rebeldes por lo sucedido; el juicio cae sobre el género humano.

Los «hijos de Dios» son la línea piadosa de Set. La Escritura ya nos lo ha dicho dos capítulos antes: cuando le nació un hijo á Set, «Entonces los hombres comenzaron á llamarse del nombre de Jehová» (Génesis 4:26). La Reina-Valera lo vierte así en el texto mismo; la versión inglesa del rey Jacobo sólo da esa lectura al margen. Se llamaban del nombre de Jehová: eran la familia que llevaba el nombre de Dios. Lucas sigue esa misma línea hasta el principio, «que fué de Seth, que fué de Adam, que fué de Dios» (Lucas 3:38), y Dios llama en otra parte á Su pueblo fiel «Hijos sois de Jehová vuestro Dios» (Deuteronomio 14:1). Las «hijas de los hombres» eran las hijas de la línea de Caín, el pueblo que había seguido su propio camino. Cuando las dos líneas se unieron en matrimonio, cedió el último freno que retenía al mundo.

El testimonio de los pioneros

Así lo entendieron los pioneros adventistas. Elena G. de White lo escribió sin rodeos:

Vieron «los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas». Atraídos por la hermosura de las hijas de los descendientes de Caín, los hijos de Set desagradaron al Señor uniéndose con ellas en matrimonio.

— Elena G. de White, Historia de los Patriarcas y Profetas, p. 60

Los textos que suelen alegarse. Se ofrecen tres pasajes en favor de la idea de los ángeles, y cada uno merece respuesta. En Job, los «hijos de Dios» son en efecto seres celestiales (Job 1:6; 38:7), que se presentan delante de Jehová; pero el sentido de una frase lo fija su contexto, y el concilio celestial de Job no es el de las familias de Génesis 6 sobre la tierra antes del Diluvio. Pedro y Judas hablan de «los ángeles que habían pecado» (2 Pedro 2:4), los ángeles «que no guardaron su dignidad, mas dejaron su habitación» (Judas 6): la rebelión en el cielo, cuando Lucifer y los que le siguieron fueron echados fuera. Ninguno de los dos versículos menciona el matrimonio. Y cuando Judas sigue diciendo «Como Sodoma y Gomorra, y las ciudades comarcanas, las cuales de la misma manera que ellos habían fornicado» (Judas 7), ese «de la misma manera que ellos» une con toda naturalidad las ciudades comarcanas á Sodoma y Gomorra, que juntas «habían seguido la carne extraña». Ninguno de estos textos dice que un ángel haya tomado jamás mujer. Sólo el Libro de Enoc lo dice, y Cristo dice lo contrario.

Contradice la Escritura → falso

¿Quiénes eran los gigantes?

Si los gigantes de Génesis 6 no eran hijos de ángeles, ¿quiénes eran? La respuesta está en el versículo mismo, leído despacio:

Había gigantes en la tierra en aquellos días, y también después que entraron los hijos de Dios á las hijas de los hombres, y les engendraron hijos: éstos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de nombre.
— Génesis 6:4

Cuatro cosas en este versículo deshacen la historia de los ángeles.

1. La palabra no es un nombre propio. La Reina-Valera nunca usa la palabra nefilim. Ni una sola vez. Traduce la palabra hebrea, y la traduce «gigantes», tanto aquí como en Números 13:33 («También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes»). La palabra es nephil (Strong H5303), de naphal (H5307), «caer» ó «derribar», y el léxico la define como «propiamente, un derribador, es decir, un matón ó un tirano» (Strong, trad.). Describe lo que hacían estos hombres: caían sobre los demás. Es exactamente lo que el capítulo dice luego de su mundo: «estaba la tierra llena de violencia» (6:11), y Dios dijo á Noé que «la tierra está llena de violencia á causa de ellos» (6:13). La palabra pertenece al vocabulario de los violentos, no al de los medio ángeles.

2. Los gigantes estaban primero. El versículo dice que había gigantes «en aquellos días, y también después que entraron los hijos de Dios á las hijas de los hombres». Los gigantes ya estaban en la tierra antes de que comenzaran esos matrimonios. No pudieron ser su descendencia. Génesis nos da una señal de la época: en aquellos días, había gigantes.

3. Los hijos se nombran aparte. Lo que produjeron los matrimonios se describe con otras palabras: «los valientes que desde la antigüedad fueron varones de nombre». El hebreo es gibbor (Strong H1368), «poderoso; por implicación, guerrero, tirano» (Strong, trad.). La descendencia de aquellos matrimonios fueron los famosos hombres fuertes y guerreros del mundo antiguo, varones renombrados por su poder. Eran hombres.

4. Los hombres eran sencillamente más grandes entonces. El mundo antes del Diluvio no era el mundo que conocemos. Los hombres vivían siglos: Matusalén, «novecientos sesenta y nueve años» (Génesis 5:27). La raza aún no había decaído de la fuerza que Dios le dió en la creación, y los pioneros adventistas entendieron que los hombres de aquella edad eran de mucha mayor estatura que los de hoy:

Antes del Diluvio

La humanidad aún conservaba mucho de su vigor original. Solo pocas generaciones habían pasado desde que Adán había tenido acceso al árbol que había de prolongar la vida; y la unidad de la existencia del hombre era todavía el siglo. … Había muchos gigantes, hombres de gran estatura y fuerza, renombrados por su sabiduría, con habilidad para proyectar las más sutiles y maravillosas obras.

— Elena G. de White, Historia de los Patriarcas y Profetas, p. 69

Cuando Adán salió de la mano de su Creador, era de noble altura y de hermosa simetría. Era más del doble de alto que los hombres que hoy viven sobre la tierra, y bien proporcionado.

— Elena G. de White, Spiritual Gifts, vol. 3, p. 33 (trad.)

Según nuestra medida, toda la raza era de talla gigantesca; y aun entre ellos, algunos sobresalían como gigantes de su propio tiempo, los tiranos y varones de nombre cuya violencia llenó la tierra. Génesis no presenta una segunda raza de monstruos. Nos dice qué clase de mundo era aquel: «Había gigantes en la tierra en aquellos días».

¿Y después del Diluvio? Los gigantes vuelven á aparecer en los días de Moisés: los hijos de Anac (Números 13:22, 33), los Emimeos, de quienes se dice «Por gigantes eran ellos también contados» (Deuteronomio 2:11), y Og rey de Basán, cuya cama medía nueve codos (Deuteronomio 3:11). Goliath tenía «de altura seis codos y un palmo» (1 Samuel 17:4). Son familias humanas de gran talla, con nombres, genealogías y ciudades, los últimos restos de una estatura que la raza iba perdiendo sin cesar. Y plantean un problema que la historia de los ángeles no puede resolver: si los gigantes eran hijos de ángeles, el Diluvio debió haber acabado con ellos. Hombres altos que sobreviven hasta los días de Moisés y de David encajan exactamente en el cuadro que da la Escritura: una raza que empezó grande y ha venido menguando desde entonces. (Aun los espías que informaron de los hijos de Anac, dice la Biblia, «vituperaron … la tierra que habían reconocido», Números 13:32.)

Contradice la Escritura → falso

Otro Hijo del hombre

Las Parábolas de Enoc van levantando, capítulo tras capítulo, una gloriosa figura celestial: el Hijo del hombre, el Elegido, que se sienta en un trono de gloria, juzga al mundo y es adorado por todos los que moran sobre la tierra. Los lectores suelen suponer que ha de ser una profecía de Jesús. Luego, en el punto culminante, la figura recibe nombre. Enoc es arrebatado, y se le saluda con estas palabras, según el texto etiópico tal como está:

Tú (eres) aquel Hijo del hombre que nació para justicia, y la justicia mora sobre ti…
— 1 Enoc 71:14 (texto etiópico, trad.)

En el libro tal como lo tenemos, el exaltado Hijo del hombre es el mismo Enoc. La popular traducción inglesa de R. H. Charles, de 1912, imprime en su lugar «Este es el Hijo del hombre», pero Charles reconoce en su propia nota que el texto dice «Tú eres»; lo cambió para ajustarlo á una teoría sobre un pasaje perdido que ningún manuscrito respalda. Y como las Parábolas sobreviven sólo en etiópico, no hay copia más antigua á la cual apelar.

La Escritura no deja lugar para dos. El Hijo del hombre de la visión de Daniel «llegó hasta el Anciano de grande edad, é hiciéronle llegar delante de él» (Daniel 7:13). Jesús reclamó ese título en Su juicio: «desde ahora habéis de ver al Hijo de los hombres sentado á la diestra de la potencia de Dios, y que viene en las nubes del cielo» (Mateo 26:64). Y lo definió como Aquel que descendió, no como un hombre que subió: «nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo» (Juan 3:13). El Hijo unigénito de Dios es el Hijo del hombre. Un libro que da Su trono á un patriarca aparta de Él, diga lo que diga en lo demás. La advertencia de Pablo alcanza aun al mensajero más imponente: «aun si nosotros ó un ángel del cielo os anunciare otro evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gálatas 1:8).

Contradice la Escritura → falso

Un año fuera de compás con las lumbreras de Dios

El Libro Astronómico (capítulos 72–82) establece un año fijo de exactamente 364 días, presentado como revelado á Enoc por un ángel. Pero cuando Dios hizo las lumbreras del cielo, las puso, al sol y á la luna juntos, para señalar los tiempos:

Y dijo Dios: Sean lumbreras en la expansión de los cielos para apartar el día y la noche: y sean por señales, y para las estaciones, y para días y años;
— Génesis 1:14

«Hizo la luna para los tiempos: El sol conoce su ocaso» (Salmo 104:19). Un año de 364 días no lleva el paso de las lumbreras que Dios puso. Se atrasa más de un día cada año, de modo que en una generación ya no corresponde á las estaciones que pretende contar. Un calendario que se aparta del sol y de la luna no es revelación de Aquel que los puso en sus cursos.

Contradice la Escritura → falso

Donde va más allá de la Escritura

Buena parte del libro, más que contradecir la Biblia, le añade: llena los silencios de Génesis con detalles que nadie puede comprobar. Aquí el veredicto es más sencillo: lo que no puede confirmarse por la palabra de Dios no puede creerse como palabra de Dios. Es rumor.

  • Gigantes de tamaño fantástico. El libro describe á los gigantes como «grandes gigantes, cuya estatura era de tres mil anas» (1 Enoc 7:2, trad. de la versión de Charles), bastante más de un kilómetro de alto; otras copias dicen trescientas. Los hombres más altos de la Escritura se miden por unos pocos codos.
  • Los demonios como fantasmas de gigantes. El libro enseña que los espíritus malos son los espíritus de los gigantes muertos. La Escritura no dice nada semejante; muestra á los ángeles caídos mismos obrando, y dice que «los muertos nada saben» (Eclesiastés 9:5).
  • Noé nace resplandeciente. En la Epístola, el recién nacido Noé ilumina toda la casa y habla al Señor. Génesis registra sólo su nacimiento y su nombre (Génesis 5:28-29).
  • Ángeles con nombre sobre todas las cosas. El libro asigna nombres y oficios á ángeles que presiden los vientos, las estrellas y las naciones, mucho más allá de la Escritura, que entre los santos ángeles nombra sólo á uno, Gabriel (Daniel 8:16; Lucas 1:19).
  • Puertas para el sol y la luna. El Libro Astronómico describe puertas por las que las lumbreras salen y se ponen. En algunos lugares esto hace eco del cuadro que la Biblia misma da de los cielos, pero sus particularidades no pueden probarse por la Escritura. No son prueba de lo que la Biblia enseña acerca del firmamento, ni motivo para burlarse de ello; lo que el creyente entiende de los cielos descansa en la Biblia, no en este libro.

Este es el patrón de la especulación. La Escritura da un solo versículo, «Caminó, pues, Henoch con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios» (Génesis 5:24), y en torno á él escritores posteriores construyeron no uno sino varios libros, cada cual más elaborado que el anterior, hasta que un libro de Enoc más tardío convierte al patriarca en un ángel exaltado. El silencio de la Biblia no era una invitación á llenarlo.

Va más allá de la Escritura → rumor

Lo que hizo con él la iglesia

El libro fué conocido y leído en los primeros siglos, y algunos escritores cristianos lo tuvieron en alta estima. La Epístola de Bernabé lo cita como Escritura, y Tertuliano lo defendió, aunque reconoció la objeción con toda franqueza:

…la Escritura de Enoc… no es recibida por algunos, porque tampoco es admitida en el canon judío.
— Tertuliano, Sobre el atavío de las mujeres 1.3 (trad.)

Pero la iglesia en general la rechazó. Orígenes informó que los libros de Enoc «no son tenidos generalmente por divinos en las iglesias» (Contra Celso 5.54, trad.). Jerónimo notó que la epístola misma de Judas había sido puesta en duda por muchos porque cita á Enoc. Agustín dejó el libro á un lado. Sólo en Etiopía, y en la vecina iglesia de Eritrea, conservó un lugar, dentro de una colección de libros sagrados más amplia y más laxa que la de cualquier otra iglesia.

El resurgimiento moderno es reciente. El viajero escocés James Bruce llevó copias etiópicas á Europa en 1773; la primera traducción inglesa apareció en 1821; y la traducción de R. H. Charles, de 1912, hoy libre de derechos, es la versión que la mayoría lee en internet. Lo que se vende como una Escritura antigua escondida es, en Occidente, el redescubrimiento, hace doscientos años, de un libro que la iglesia consideró y rehusó.

Citado, parecido, hallado en Qumrán

Tres argumentos se repiten una y otra vez. Ninguno de ellos hace de un libro Escritura.

«El Nuevo Testamento lo cita.» Judas cita una profecía, como hemos visto, y los apóstoles citaron también á poetas griegos. Una cita responde por la línea citada, no por el libro.

«El Nuevo Testamento se le parece.» El lenguaje semejante tiene de ordinario una fuente común, y esa fuente es el Antiguo Testamento. La sala del trono de Apocalipsis («millones de millones», 5:11) viene de Daniel 7:10, que dice con las mismas palabras «millones de millones asistían delante de él», no de Enoc. Cuando Jesús respondió á los saduceos acerca de la resurrección y de los ángeles, les dijo: «Erráis ignorando las Escrituras» (Mateo 22:29), y luego citó la Escritura á la que se refería: «Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob» (Mateo 22:32, de Éxodo 3:6). Sus palabras sobre los ángeles salen de Su propio conocimiento, y contradicen la historia de los Vigilantes.

«Se halló con los Rollos del Mar Muerto.» También se hallaron reglas de comunidad, himnos, comentarios, calendarios y muchos otros escritos que nadie tiene por Escritura. Las cuevas eran una biblioteca, no una Biblia. Ser antiguo y haber sido guardado prueba sólo que la gente leía un libro, no que Dios lo dió.

Una nota sobre lo que se critica

La discusión aquí es con lo que afirma un libro, no con las personas que se han sentido atraídas por él. Muchos llegan al Libro de Enoc con hambre de más palabra de Dios, á menudo después de descubrir verdades que las iglesias abandonaron, como el sábado y la ley de Dios. Esa hambre es buena. La respuesta, al descubrir que los hombres han escondido algunas verdades, no es fiarse de todo libro que dice haber sido escondido, sino probarlo todo por la palabra: «Examinadlo todo; retened lo bueno» (1 Tesalonicenses 5:21). En toda tradición hay adoradores á quienes Cristo llama Suyos, y la invitación es sencillamente abrir la Biblia y dejar que ella sea el juez.

Caminar con Dios como Enoc

El Enoc verdadero no necesitaba un libro secreto. La Escritura nos dice todo lo que hace falta saber de él: «caminó Henoch con Dios» (Génesis 5:22, 24), y «antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado á Dios» (Hebreos 11:5). El camino por el que anduvo no se ha perdido. Está abierto en las mismas Escrituras que Jesús nombró, y ellas fueron escritas para llevarnos á Él:

Escudriñad las Escrituras, porque á vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.
— Juan 5:39

La Biblia no es una costa que ya hayamos terminado de explorar. «El principio de tus palabras alumbra» (Salmo 119:130). Todo lo que el Libro de Enoc promete, los ángeles, el juicio, el fin del mundo, la venida del Hijo del hombre, está contado con verdad en los sesenta y seis libros, y todo señala á una sola Persona: no á Enoc, sino al Hijo de Dios, el Hijo del hombre, Aquel que descendió del cielo y que viene otra vez con Sus santos millares.

Para seguir leyendo

Los ángeles, el Diluvio y los cielos, sólo desde la Escritura. Para respuestas breves acerca del Hijo de Dios, véase la hoja de referencia Respondiendo á herejías comunes. Esta página es una recomposición en español del estudio original en inglés; los versículos bíblicos se citan de la Reina-Valera 1909.