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¿Por qué quiere Dios ser adorado?

La pregunta del escéptico, la mujer junto al pozo, y el Padre que busca adoradores por el bien de ellos, no por el Suyo

¿Por qué quiere Dios ser adorado?
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Los cristianos hablamos de adoración todo el tiempo. Llamamos á nuestras reuniones cultos de adoración, cantamos cantos de adoración, y decimos que fuimos hechos para adorar. Pero pídale á un creyente sincero que explique por qué Dios quiere ser adorado — por qué un Dios de amor pediría alabanza — y la respuesta suele quedarse á medias. Vale la pena detenerse aquí, porque la respuesta va más allá de una doctrina: llega hasta la razón misma por la que nos acercamos á Dios.

Una pregunta honesta

Imagine á un hombre que no les dirige la palabra á sus amigos por la mañana hasta que cada uno le ha dicho lo maravilloso que es. No lo llamaríamos grande; lo llamaríamos necesitado. Y sin embargo la Escritura nos llama una y otra vez á alabar á Dios, á bendecir Su nombre, y á postrarnos delante de Él.

Los escépticos lo han notado. Su objeción viene á ser esta: Si Dios es perfectamente bueno y perfectamente seguro de Sí, ¿por qué pide que se le alabe una y otra vez? Un ser que necesita adoración constante, ¿no es, por definición, inseguro? Es una pregunta justa, y merece una respuesta mejor que sentirse ofendido. Lo sorprendente es que la manera en que muchos de nosotros adoramos le da la razón al escéptico.

Jesús trató este mismo asunto en una de las conversaciones más personales que registran los Evangelios.

Una conversación junto á un pozo

Era mediodía en Samaria. Un viajero cansado se sentó junto al pozo de Jacob y le pidió de beber á una mujer, y poco después le estaba contando la historia de su propia vida: «Porque cinco maridos has tenido: y el que ahora tienes no es tu marido» (Juan 4:18). Al verse conocida tan á fondo, ella echó mano de un tema más seguro, una controversia religiosa: «Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalem es el lugar donde es necesario adorar» (Juan 4:20). Discutir sobre lugares siempre es más cómodo que hablar del corazón.

Jesús no mordió el anzuelo. Fué á la raíz:

Mujer, créeme, que la hora viene, cuando ni en este monte, ni en Jerusalem adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos: porque la salud viene de los Judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.
— Juan 4:21-24

«El Padre tales adoradores busca.» Dios no espera la adoración de brazos cruzados; sale á buscar adoradores — y no cualesquiera, sino verdaderos. De esa sola frase nacen tres preguntas:

Una — ¿Quién es el verdadero adorador? Dos — ¿Qué significa adorar «en espíritu y en verdad»? Tres — ¿Por qué busca el Padre adoración?

Quién: el verdadero adorador adora al Padre

El versículo mismo responde la primera pregunta. Los verdaderos adoradores «adorarán al Padre.» Jesús no dirige á la mujer á una deidad tres en uno ni á una esencia divina abstracta; la dirige á una Persona: Su Padre. E insiste en que importa saber á quién se adora: «Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos» (Juan 4:22). La adoración no es un sentimiento soltado al aire. Es una respuesta á Alguien.

El Hijo no queda fuera de esa adoración. Es la voluntad del Padre mismo «que todos honren al Hijo como honran al Padre» (Juan 5:23), y cuando introduce á Su Primogénito en el mundo, ordena: «Y adórenle todos los ángeles de Dios» (Hebreos 1:6). Venimos al Padre por medio de Su Hijo, y honramos al Hijo como el Padre mismo le ha honrado: «Que por él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre» (Efesios 2:18).

Pero tener el nombre correcto en los labios no lo es todo. Jesús describe al verdadero adorador como el que adora en espíritu y en verdad — y eso nos lleva á la segunda pregunta.

En espíritu: de dentro hacia fuera

En los días de aquella mujer, la adoración era algo que se veía de lejos. Una familia de Galilea caminaba varios días para llegar á Jerusalem en las fiestas, porque «tres veces cada un año parecerá todo varón tuyo delante de Jehová tu Dios en el lugar que él escogiere» (Deuteronomio 16:16). Había corderos que escoger, ofrendas que llevar, lavamientos que cumplir y sacerdotes ante quienes presentarse. La adoración tenía un lugar, un calendario y una larga lista de actos visibles.

En ese mundo Jesús anunció que había llegado la hora en que el lugar ya no sería lo principal. El verdadero adorador adora en espíritu — primero desde dentro, desde un corazón que de veras está presente delante de Dios. La mujer quería decidir cuál monte tenía razón. Jesús la quería á ella. Ninguna cantidad de opinión religiosa correcta, ni de ceremonia exterior, puede ocupar el lugar de un corazón que se ha vuelto hacia Dios.

Todavía confundimos el escenario de la adoración con la adoración misma. Un edificio hermoso, músicos hábiles, un sermón conmovedor, un salón lleno — todo eso puede ayudar. Pero una persona puede disfrutar de cada cosa y nunca encontrarse con Dios, mientras otra le encuentra en un campo vacío, sin música alguna.

porque Jehová mira no lo que el hombre mira; pues que el hombre mira lo que está delante de sus ojos, mas Jehová mira el corazón.
— 1 Samuel 16:7

En verdad: la realidad, no la sombra

«En verdad» incluye, sin duda, adorar conforme á lo que es verdadero — Jesús acababa de decirle á la mujer que su pueblo adoraba lo que no sabía. Pero la palabra va más lejos. Todo el sistema del culto en el templo era un conjunto de sombras: el cordero, el altar, el sacerdote y el velo eran figuras de algo que aún había de venir. Y ahora aquello que figuraban estaba sentado junto al pozo, pidiéndole agua.

Porque la ley por Moisés fué dada: mas la gracia y la verdad por Jesucristo fué hecha.
— Juan 1:17

Cristo es el cuerpo que proyectaba las sombras. «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida: nadie viene al Padre, sino por mí» (Juan 14:6). Adorar en verdad es venir al Padre por medio de Él — no por nuestro propio historial, ni por ser miembros de una iglesia, ni por nuestros logros religiosos, ni siquiera por entender correctamente la doctrina, sino por una Persona viva. La doctrina le describe; no puede reemplazarle.

Un mapa no es el camino

Escondida en las palabras de Jesús hay una advertencia que es fácil pasar por alto: es posible adorar conforme á la costumbre en vez de conforme á la verdad. Las costumbres no son el enemigo. Algunas son hermosas, y muchas las dió Dios. El peligro viene cuando la costumbre ocupa calladamente el lugar del Dios al cual debía llevarnos.

Piense en un mapa. Un buen mapa es un regalo: es exacto, muestra el camino á casa, y el viajero sin él está en aprietos. Pero uno puede estudiar un mapa durante años, defender su exactitud contra todos los mapas rivales, y nunca dar un solo paso por el camino. Los que hemos recibido los grandes hitos de la verdad bíblica — el sábado, el santuario, el sueño de los muertos, el pronto regreso de Cristo — tenemos un mapa muy bueno. La pregunta es si hemos andado el camino.

Porque misericordia quise, y no sacrificio; y conocimiento de Dios más que holocaustos.
— Oseas 6:6

Israel tenía el mejor mapa del mundo. Tenía el templo, el sacerdocio, los sacrificios y los oráculos de Dios. Cada una de esas cosas señalaba al Mesías. Y cuando Él vino, los que mejor conocían el mapa no reconocieron el destino que tenían delante. Se aferraron á las señales y rechazaron á Aquel de quien hablaban las señales. Jesús nunca despreció lo que Dios les había dado; los estaba invitando á llegar.

La verdad que nunca se ha hecho experiencia es un mapa que nunca se ha hecho viaje. Dios no busca gente que sepa recitar la ruta. Busca gente que le conozca.

Este conocer no se hereda. Los padres pueden entregar el mapa á sus hijos, y deben hacerlo, pero nadie puede andar el camino por otro. Cada creyente tiene que venir á Dios personalmente. La pregunta no es sólo ¿qué creo? sino ¿á quién conozco? — y si conozco al Padre por medio de Su Hijo.

Dos hombres subieron á orar

Jesús contó la historia de dos adoradores, en el mismo edificio y el mismo día:

Dos hombres subieron al templo á orar: el uno Fariseo, el otro publicano. El Fariseo, en pie, oraba consigo de esta manera: Dios, te doy gracias, que no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; Ayuno dos veces á la semana, doy diezmos de todo lo que poseo. Mas el publicano estando lejos no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que hería su pecho, diciendo: Dios, sé propicio á mí pecador. Os digo que éste descendió á su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado.
— Lucas 18:10-14

El Fariseo no era un villano según las normas de su tiempo. Daba con generosidad, ayunaba con fidelidad y se guardaba de los pecados que nombró. En cualquier congregación sería el miembro de confianza — el que nunca falta, el que conoce las reglas, el que siempre responde. Tráigalo á nuestros días, y su oración podría sonar así: Soy vegano. No tomo café. No como carne. No como queso. Adoro en sábado. Pago mi diezmo. Uso falda larga. Uso corbata.

Ninguna de esas cosas es mala — muchas son cosas que este sitio enseña. Tampoco había nada malo en sí en la lista del Fariseo. Lo malo fué lo que hizo con ella: la presentó á Dios como prueba de que no necesitaba misericordia.

El publicano no trajo nada más que su necesidad. Tráigalo también á nuestros días, y podría orar: Señor, no como sano. No sigo el mensaje de salud. No guardo el sábado. No pago el diezmo. No me visto como debiera, y escucho la música que no conviene. Sé propicio á mí, pecador. Ni siquiera podía alzar los ojos. Y Jesús dice que fué él quien descendió á su casa justificado delante de Dios.

¿Por qué resiste Dios á los soberbios?

La Escritura lo dice sin rodeos: «Dios resiste á los soberbios, y da gracia á los humildes» (1 Pedro 5:5). Sería fácil leerlo como rivalidad, como si Dios cuidara Su propio orgullo y no tolerara competencia. La verdad es lo contrario. Dios resiste á los soberbios porque Él no es soberbio. Su Hijo «se humilló á sí mismo, hecho obediente hasta la muerte» (Filipenses 2:8). La soberbia es sencillamente ajena al carácter del Dios que adoramos, y los que se aferran á ella caminan en dirección opuesta á Él.

La Escritura observa que los adoradores siempre llegan á parecerse á lo que adoran. De los ídolos de las naciones dice:

Como ellos son los que los hacen; Cualquiera que en ellos confía.
— Salmos 115:8

Los que se postran ante dioses sin vida se vuelven duros y ciegos como ellos. Los que adoran al Dios vivo se vuelven vivos, y humildes, como Él. Por eso la verdadera adoración no puede convivir con la autocomplacencia: el corazón que de veras se inclina ante un Dios humilde está siendo hecho humilde.

Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado: Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.
— Salmos 51:17
Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados.
— Isaías 57:15

El corazón debajo de las obras

Esto no quita importancia á las obras. La Escritura es clara en que nuestras obras serán juzgadas. Pero se juzgan como fruto de un corazón, y por fuera el fruto se puede imitar. Jesús advirtió que en el último día muchos señalarán un historial impresionante:

Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre lanzamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les protestaré: Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de maldad.
— Mateo 7:22-23

Nunca os conocí. Lo que faltaba no era actividad; era relación. Un historial fiel, una alimentación cuidadosa, un sábado bien guardado — todo eso es bueno, y un corazón que ama á Dios andará en ello con gusto. Pero no puede ser el terreno sobre el cual nos paramos delante de Él. Sólo Cristo puede serlo.

«Digno eres»

Ahora, la tercera pregunta: ¿por qué busca el Padre adoración? La Escritura nos deja mirar dentro del cielo mismo para hallar la respuesta:

Y los cuatro animales tenían cada uno por sí seis alas alrededor, y de dentro estaban llenos de ojos; y no tenían reposo día ni noche, diciendo: Santo, santo, santo el Señor Dios Todopoderoso, que era, y que es, y que ha de venir.
— Apocalipsis 4:8

Alabanza sin fin, de día y de noche. Leído á la ligera, esto podría sonar al cuadro del escéptico: un trono rodeado de seres que nunca deben dejar de aplaudir. Pero Juan no nos deja adivinar por qué alaban. Nos dice lo que dicen:

Los veinticuatro ancianos se postraban delante del que estaba sentado en el trono, y adoraban al que vive para siempre jamás, y echaban sus coronas delante del trono, diciendo: Señor, digno eres de recibir gloria y honra y virtud: porque tú criaste todas las cosas, y por tu voluntad tienen ser y fueron criadas.
— Apocalipsis 4:10-11

Digno eres. Su adoración no les es arrancada; es una conclusión á la que han llegado. Han contemplado quién es Él y lo que ha hecho, y la alabanza es la única respuesta honesta. Las coronas que echan no les son confiscadas — son ofrecidas. En el capítulo siguiente el mismo cántico se eleva al Cordero, por una segunda razón:

Digno eres de tomar el libro, y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y nos has redimido para Dios con tu sangre, de todo linaje y lengua y pueblo y nación;
— Apocalipsis 5:9
Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la bendición, y la honra, y la gloria, y el poder, para siempre jamás.
— Apocalipsis 5:13

El Padre es digno porque creó todas las cosas; el Cordero es digno porque fué inmolado y nos compró de vuelta para Dios. La adoración del cielo no es un peaje que se paga á la entrada. Es un veredicto acerca de Dios, dado libremente por quienes mejor le conocen.

Las razones que le dan la razón al ateo

Así que debemos preguntarnos con honestidad por qué adoramos nosotros. ¿Porque se nos mandó? ¿Para quedar bien con Dios? ¿Para asegurarnos un lugar en el cielo? ¿Por costumbre, porque es lo que nuestra familia siempre ha hecho en sábado? Jesús aplicó las palabras de Isaías á gente sumamente religiosa:

Este pueblo con los labios me honra, Mas su corazón lejos está de mí. Y en vano me honra, Enseñando como doctrinas mandamientos de hombres. Porque dejando el mandamiento de Dios, tenéis la tradición de los hombres; las lavaduras de los jarros y de los vasos de beber: y hacéis otras muchas cosas semejantes.
— Marcos 7:6-8

Su enseñanza estaba errada y sus tradiciones habían desplazado el mandamiento de Dios — pero debajo de ambas cosas estaba el verdadero problema: su corazón lejos está de mí.

Aquí está la verdad incómoda. Si adoramos á Dios por cualquier razón que no sea que Él es digno, le damos la razón al escéptico sin decirlo. Si nuestra única razón es que Dios lo mandó, describimos á un Dios que hizo criaturas para satisfacer su necesidad de atención. Si nuestra razón es evitar que se vuelva contra nosotros, ó ganarnos la entrada al cielo, describimos á un Dios que retiene Su bondad hasta que se le ha adulado lo suficiente.

Imagine á un padre que sólo diera de comer al hijo que más le elogiara en la mesa. Nadie le llamaría amoroso; le llamaríamos cruel. Y sin embargo ése es el Dios que retratamos cada vez que nuestra adoración es una transacción: alabanza que entra, favor que sale. El Dios de la Biblia no se parece en nada á eso.

Por qué alabamos lo que amamos

La verdadera razón de la adoración es algo que ya entendemos por la vida diaria. Cuando oye una canción que le conmueve, se la pone á otro para que la oiga. Cuando una pareja se compromete, no deja de enseñar el anillo. Cuando ve el cielo encendido al atardecer, llama á quien esté cerca para que venga á ver. Nadie nos paga por nada de esto. La alabanza simplemente sale.

Sale porque la alabanza es la forma en que el deleite se completa. Un gozo guardado en completo silencio se siente inconcluso. Cuando lo compartimos — escucha esto, mira esto — el gozo crece en vez de achicarse. La alabanza no es un cargo que se suma al disfrute; es el disfrute llegando á su plena expresión.

Cuando no sólo hemos oído de lo que Dios ha hecho sino que de veras lo hemos experimentado, la alabanza brota de la misma manera. Eso es verdadera adoración: no un pago á cuenta de algo que esperamos recibir, sino el desborde de algo que ya recibimos. Cuando Jesús sanó á diez leprosos, sólo uno volvió:

Entonces uno de ellos, como se vió que estaba limpio, volvió, glorificando á Dios á gran voz; Y derribóse sobre el rostro á sus pies, dándole gracias: y éste era Samaritano.
— Lucas 17:15-16

No dió gracias para ser sanado. Dió gracias porque había sido sanado. Ésa es la dirección en que fluye la verdadera adoración. En cambio, adorar sin experiencia es como escribir una reseña entusiasta de un libro que nunca se abrió: las palabras pueden ser correctas, pero no hay nada detrás de ellas.

Gustad, y ved que es bueno Jehová: Dichoso el hombre que confiará en él.
— Salmos 34:8

Dios no nos pide que aceptemos Su bondad de oídas. Dice gustad. Está seguro de lo que ofrece; sabe que quien de veras le experimenta no querrá volver atrás. Su invitación no es creed lo que se dice de Mí, sino venid y comprobadlo por vosotros mismos. Y todo el que gusta acaba haciendo lo mismo: diciéndoles á otros que vengan á gustar también.

Por qué el Padre busca adoradores

Con esto á la vista, por fin podemos responder por qué Dios busca adoración. Empecemos por lo que no es. Dios no la necesita. Pablo dijo á los atenienses que Dios «ni es honrado con manos de hombres, necesitado de algo; pues él da á todos vida, y respiración, y todas las cosas» (Hechos 17:25). Dios mismo dice: «Si yo tuviese hambre, no te lo diría á ti: Porque mío es el mundo y su plenitud» (Salmos 50:12). Nuestra alabanza no le añade nada que le falte.

Lo que Él quiere es que tengamos vida. «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado á su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16). Y Su Hijo dijo: «yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10:10). No una existencia delgada y obligada, sino una vida llena de gozo y de paz.

Junte las dos verdades. Si alabamos naturalmente aquello en que nos deleitamos, y si la alabanza es el deleite en su plenitud, entonces el Padre busca adoradores porque quiere que tengamos el gozo más pleno que existe — el gozo de conocerle — y Él sabe cómo suena ese gozo cuando está completo.

Dios no busca adoración porque á Él le falte algo. La busca porque á nosotros nos falta.

«Hartura de alegrías hay con tu rostro; Deleites en tu diestra para siempre» (Salmos 16:11). Cuando Jesús dijo que el Padre tales adoradores busca, describía á un Padre que anhela que Sus hijos hallen esa plenitud.

Un padre en el umbral

Piense en un padre que pasa sus tardes en el garaje, durante semanas, restaurando una bicicleta vieja para el cumpleaños de su hija — lijando el óxido, pintándola de su color favorito, poniéndole llantas nuevas. La mañana del cumpleaños la saca al patio y luego se queda en el umbral de la puerta para mirar. Ella sale, la ve, y grita: ¡Papá! ¡Mírala! ¡Está preciosa!

¿Estaba él en el umbral porque necesitaba que le elogiaran? Claro que no. Esperaba la alegría de ella. Su grito era sencillamente el sonido que hacía su felicidad, y esa felicidad era la razón por la que él había restaurado la bicicleta en primer lugar.

Así es el Padre que busca adoradores. No espera cumplidos para calmar un ego inseguro. Espera el momento en que Su bondad nos alcance tan de lleno que vuelva á salir como alabanza — porque ese momento significa que hemos hallado aquello para lo cual Él nos hizo.

Primero el amor — y luego la obediencia

Pablo muestra cómo se ve esto en una vida real. Pocos han tenido más credenciales religiosas en qué apoyarse que él:

Porque nosotros somos la circuncisión, los que servimos en espíritu á Dios, y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne. Aunque yo tengo también de qué confiar en la carne. Si alguno parece que tiene de qué confiar en la carne, yo más: Circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, Hebreo de Hebreos; cuanto á la ley, Fariseo; Cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; cuanto á la justicia que es en la ley, irreprensible.
— Filipenses 3:3-6

Los verdaderos adoradores, dice, sirven á Dios en espíritu, se glorían en Cristo, y no ponen su confianza en el linaje ni en el desempeño. Luego nos dice en qué se convirtieron todas sus credenciales cuando conoció á Cristo:

Y ciertamente, aun reputo todas las cosas pérdida por el eminente conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y téngolo por estiércol, para ganar á Cristo, Y ser hallado en él, no teniendo mi justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; A fin de conocerle, y la virtud de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, en conformidad á su muerte,
— Filipenses 3:8-10

A fin de conocerle. Ésa es la adoración movida por el amor — como el mercader que, «hallando una preciosa perla, fué y vendió todo lo que tenía, y la compró» (Mateo 13:46).

Muchos creyentes sinceros se agotan porque tienen el orden al revés. Tratan de producir devoción cumpliendo más requisitos, y los requisitos pesan cada vez más hasta que la fe misma se siente como una carga. Si usted está ahí, la respuesta no es apretar los dientes con más fuerza. Vuelva al principio. Pídale á Cristo que le muestre Su amor hasta que usted le ame de vuelta. Ésa es la primera obra, y todo lo demás crece á partir de ella.

Mire á un padre primerizo á las tres de la mañana, paseando por el pasillo con un bebé que llora. Ningún reglamento le sacó de la cama. Nadie tuvo que mandarle ser tierno, ni paciente, ni estar despierto. Hace cien cosas difíciles al día sin que se lo pidan, y se extrañaría si usted lo llamara una carga. El amor hizo innecesarias las reglas — no porque las cosas dejaran de importar, sino porque él quería hacerlas.

Si me amáis, guardad mis mandamientos;
— Juan 14:15

Note el orden: el amor, y luego el guardar. Dios no busca un montón de buenas obras puestas delante de Él como pago; todo es Suyo ya. Hace una pregunta más sencilla y más honda: ¿Tengo tu corazón? El sábado, el mensaje de salud, una vida modesta y sencilla — son buenos regalos, y un corazón enamorado de Dios andará en ellos con gusto. Pero son fruto del amor, nunca su precio. «Nosotros le amamos á él, porque él nos amó primero» (1 Juan 4:19).

No es el precio de la entrada

La Escritura pinta el final de la historia como una boda: «Bienaventurados los que son llamados á la cena del Cordero» (Apocalipsis 19:9). Nadie piensa en una boda como una cuota que dos personas pagan para que se les permita amarse. La boda es hacia donde su amor siempre se dirigía. Así también la vida eterna, que Jesús mismo definió:

Esta empero es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verdadero, y á Jesucristo, al cual has enviado.
— Juan 17:3

La vida eterna no es un premio que se entrega por haber adorado lo suficiente. Es conocer á Dios, llevado á su plenitud. La adoración no es el precio de la entrada; es lo que hace un corazón cuando ha llegado á conocerle. El malentendido más hondo acerca de la adoración es creer que Dios nos está quitando algo. En verdad nos está dando: nos invita al gozo más grande que un ser humano puede conocer. Cuando le conocemos, la adoración deja de ser una obligación y se vuelve algo que no podríamos contener aunque lo intentáramos.

No es un asunto secundario. La Escritura dice que la adoración será la última pregunta puesta delante del mundo entero: «Temed á Dios, y dadle honra; porque la hora de su juicio es venida; y adorad á aquel que ha hecho el cielo y la tierra y el mar y las fuentes de las aguas» (Apocalipsis 14:7). En esa última prueba, la adoración sostenida sólo por la costumbre ó el miedo cederá. La adoración arraigada en conocer á Dios permanecerá.

Gustad y ved

Así la pregunta vuelve á cada uno de nosotros. ¿Hemos aprendido el vocabulario de la adoración, ó hemos conocido á Aquel que es digno de ella? Es posible pasar toda una vida en la iglesia, cantando cada himno y cumpliendo cada cita, y nunca descubrir que Dios es, de veras, buena compañía. Y es posible, en cualquier día ordinario, descubrirlo por primera vez.

No se conforme con la religión como actuación, ni con la fe como manera de ser aceptado por un grupo de personas. Usted tiene una sola vida. Gástela conociendo al Dios que le hizo, que dió á Su Hijo por usted, y que le está buscando — no para cobrar su alabanza, sino para darle un gozo tan grande que sólo la alabanza puede contenerlo.

El escéptico preguntó por qué un Dios de amor querría ser adorado. La respuesta es que Él le quiere feliz, con la felicidad más honda que existe. No espera su alabanza porque la necesite. La espera porque, cuando por fin brote del fondo de su corazón, significará que usted le ha hallado.

Gustad, y ved que es bueno Jehová. Y cuando haya gustado, no podrá guardárselo para usted solo.

Para seguir leyendo

A quién adoramos, cómo es aceptado un pecador, y por qué la adoración es la última pregunta que enfrentará el mundo. Esta página es una recomposición en español del artículo original en inglés; los versículos bíblicos se citan de la Reina-Valera 1909.

A quién adoramos

El evangelio del publicano

La adoración y los últimos días